martes, 3 de julio de 2012

LA MISTICA DE UN NIÑO (Memorias II)


Prosigo con una parte de mis memorias, esta vez siguiendo con mi niñez. Ya deje claro que todo este juego de palabras, era con un fin al que pienso llegar.
Mi niñez, pese a mi delicado estado de salud,  no lo cambiaria por nadie. Hasta los once años que ya tuve unas crisis de asma que me incapacitaron totalmente en lo físico, era un niño de los que hoy se denominan superdotados. Escuchaba las charlas que mis maestros tenían con mis padres que así se pronunciaban, pero además, cualquier persona del entorno siempre acababan diciendo “este niño es muy inteligente”. Nunca estudiaba en casa,  iba a la escuela diez minutos antes, me leía la lección y, me quedaba grabada como en un disco duro, siempre el primero de la clase. Pero después de esos dos terribles años postrados en una cama llena de almohadas, esa capacidad de retentiva quedo muy mermada. Yo mismo fui consciente de ese cambio, aunque nadie me hablara de ello. Siempre lo he atribuido a esos dos años (11 a 13 años) en que la asfixia debió de afectarme el cerebro por falta de oxigeno.
En casa había una habitación que estaba a mi libre disposición. En ella erigía un altar en forma de escalinata, a base de cajas de cartón que cubría con una sabana blanca. Era el mes de Maria. En cada escalafón había sus figuras de santos y, en la cumbre la Santísima Virgen Inmaculada. Cada figura tenía su luz propia, además de las velas como mandan los cánones y, un montón de jarrones con flores. La verdad es que impresionaba. La chiquillería del barrio venían todas las tardes a rezar a casa e, incluso traían flores. Como todo lo que hago desde que tengo uso de razón, me surge de lo más  hondo de mi alma. Ahora me podrán llamar hereje y sacrílego, pero un crío de siete a diez años no creo que fuese nada de eso, porque en mi santa inocencia, lo vivía tan intensamente que llegue a realizar las funciones de “sacerdote”, dando la “comunión” a todos los asistentes. Por cierto que en aquellas fechas no se podía masticar la hostia, así que les costaba de tragar unas “hostias” de cartón durísimo sacado de cajas de zapatos, camisas, etc. De aquella asistía a las Congregaciones Marianas que se hallaban en la iglesia de la Santa Cueva de Manresa. Por la mañana del domingo asistía solito a la Eucaristía a las ocho de la mañana, con ello me daban una asistencia. Luego ya por la tarde asistía a catequesis en las ruinas en que dejaron los rojos, la antigua iglesia hospital donde San Ignacio estuvo como paciente. Allí entre las piedras,  al aire libre recibíamos instrucción religiosa y, por diversos conceptos recibíamos distintas asistencias que se podían canjear por imágenes o asistir en el “gallinero” del cine de las Congregaciones Marianas. Así que tenia todo el día ocupado.
Cuando llegaba septiembre ya empezaba a construir el pesebre que me presentaba a concurso en la modalidad infantil y, que del  primero al último siempre conseguí el  primer premio. En vez de hacer montañas con corcho, las hacia de tierra de la calle, lo cual requería montones de cubos de tierra. Tenia una cascada de más de un metro de altura, su río y lago con peces vivos. Construía con arcilla el establo donde nació el Señor, puentes y, otras construcciones. Era un pesebre muy impactante, porque había mucha técnica. El sol recorría de un extremo a otro todos los tres metros que tenia de largo mientras empezaba iluminándose poco a poco y, terminaba oscureciendo de igual forma. Ese invento provoco que en todo un día no diese el abasto en fundir plomos y, dejar la casa a oscuras. Pero mis padres jamás me regañaron por tantos trastornos que les ocasionaba. 

Otro invento fue que el ángel de la Anunciación no fuese estático, para ello construí un montículo y detrás de el salía el ángel que recorría unos diez centímetros y, que al situarse a la altura de los pastorcillos se encendía un foco que lo iluminaba. Eso lo conseguí con una vía de tren y, un vagón de tren que sustentaba el ángel y, que al llegar el vagón al tope hacia de interruptor para encender el foco. De la hoguera salía humo de verdad, para ello encendía un cigarro que con un ventilador transportaba por un tubo el humo del cigarro hasta la hoguera y,  de paso no se apagara. Al inscribirse a concurso, se confeccionaban listas con los domicilios de los concursantes y, durante los festivos eran un desfilar de gente que venia a verlo, desde el propio alcalde, jefe policía municipal, sacerdotes. Tenia habilitadas unas sillas para los invitados y, yo desde una esquina iba manipulando hilos, interruptores, etc. Para la época costaba mucho dinero ese montaje, pero ese dinero lo conseguía con mi propio esfuerzo. Me iba a una montaña ha recoger manzanilla, tomillo y romero, hacia unos manojos y, me plantaba en la calle a venderlo (debo ser el primer top manta de la historia). Luego en ese monte vi un terrenito llano y, sembré ajos, invite a mi padre a ver ese improvisado huerto y, quede de piedra cuando  me dijo que eran cebollas y no ajos, yo no se si los arranque antes de tiempo y, tenían la apariencia de cebollas, pero el caso es que vendí toda la producción. Nunca pedía dinero a mis padres para esos menesteres y, otros caprichos. Tenía un canterano y, me gustaba tenerlo lleno de material de escritorio; plumas estilográficas, tinteros, muchos lápices, gomas de borrar, secantes, etc.
Cuando ya habían pasado Reyes, me entraba una gran pereza por desarmar el pesebre, sobretodo porque tenia que bajar a la calle decenas de cubos de tierra. Así que lo reconvertía. Hacia garajes con ascensor,  carreteras de cemento, estación de tren y, colocaba vías para los trenes de los cuales era un verdadero aficionado y, allí desataba mi pasión por los coches, combinado con fuertes y, figuras de indios y americanos. Continuara….

1 comentario:

  1. Muy linda tu historia,casi parecida a la nuestra.Las vivimos de chico con mi hermano que hoy es sacerdote.Me acuerdo que él siempre hacia de sacerdote y nosotros de fieles y cantabamos en Himno Nacional Argentino,porque las canciones de la Iglesia no nos podiamos aprender con facilidad con mi hnita más pequeña.

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